viernes, 15 de octubre de 2010

Carta para tus costillas

Quiero huir, pero no hay sitio lo suficientemente lejos a donde pueda llegar

Oliveira, quizás fui yo quien te quizo como no me querías, cuando probablemente tú sólo venías por los huesos de mi cuello y la curva de mi espalda; o quizás fui yo quien asumió cosas que no eran ciertas, cuando caí en mi propia trampa y mordí las horas de silencio, que me dieron demasiado en qué pensar.
Admito esa fue siempre mi caída, querer otorgarle significados a cada palabra que se dijo y por el contrario, temerle a las percepciones distorsionadas, por motivo de mi escasez de algo, que bien podría nombrarse profundidad; repasar el nosotros, si es que alguna vez fuimos eso, porque querernos siempre pareció un acto de fe. Y aferrarme al antes cuando hablábamos, deseábamos y teníamos la vida a nuestros pies, sin la necesidad de ofrecer explicaciones breves, ni competir con nosotros mismos, que hemos cambiado.
Me cuesta tanto adjetivarte, Oliveira, inventarte como no eres, que sólo me atrevo a decir que con los años aprendiste muy bien eso de convertirte en un fantasma bajo el anonimato, que te logró mudo cada vez más; aunque sabes yo tampoco desconozco de esos temas que atormentan:
Hace unas madrugadas, y sin intención alguna, lo juro, quedé estacionada frente a su edificio. El sol reflejaba dorado con tanta intensidad, que arrugué los ojos para enforcar las formas y apartar el sueño. Entonces, pude verlo como una sombra oscura que se volvía trasluz en el umbral. Me quedé esperando a que bajara las escaleras hasta tocar la luz sin desvanecerse, venir, asomarse en mi ventana y acercar el rostro para que yo pudiera cubrirlo entre mis manos. Un ruido, quizás el teléfono o cualquier otra cosa de esta ciudad que rara vez hace silencio, me sacó de golpe de mis pensamientos. Noté entonces mi amnesia momentánea, esa que no se me pasa desde hace rato y que me hace preguntarme quién soy ahora, dónde estoy, a donde me perdí y de donde salieron todas estas ellas que ahora me forman.
¿Por qué te digo esto?, por si alguna vez te preguntas dónde me escondo, aunque no podría explicarte qué ha sido de mi. Esto de querer unir los puentes, Oliveira, tu casa que está lejos de la mía. Y confesarte que cada vez que te das la vuelta me desvanezco como bruma, te espero temblorosa y muerdo mi lengua para no preguntarte ¿a quién le escribes?, si soy alguna de tus ellas, ¿qué harás conmigo? y ¿por qué el tiempo nos dejó sin algo que decirnos?. Es curioso esto del tiempo que nos desgasta hasta los huesos como sombras que pesan y que ya no sé si podré cargar. Algunos días levanto la tapa del buzón con una leve esperanza de conseguirme con tu carta, que nunca regresó.

1 comentario:

Ana o America dijo...

Admito esa fue siempre mi caída, querer otorgarle significados a cada palabra que se dijo y por el contrario, temerle a las percepciones distorsionadas, por motivo de mi escasez de algo

Siento cierto aire de "autoflagelación" que me hace sentir extrañamente identificada.